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Más allá de los 90 minutos

Noemi Moedano
22 jun
2 min de lectura

Existe un fenómeno fascinante que ocurre cada cuatro años, que altera por completo el pulso de nuestras calles, de nuestras oficinas y, sobre todo, de nuestros hogares. Cuando el silbatazo inicial de un Mundial resuena en el televisor, algo cambia en el aire. No se trata simplemente de veintidós personas que corren detrás de un balón; se trata de recordar el valor de estar juntos.


En México, el fútbol no se ve a solas. Ver un partido de la Selección es una de nuestras tradiciones contemporáneas más sagradas. Es el ritual de transformar la sala en una tribuna improvisada y la mesa del comedor en el centro de operaciones de la convivencia.


Pocas cosas tienen la capacidad de congregar a tantas generaciones en un mismo espacio como lo hace este deporte. Las diferencias cotidianas se desvanecen entre el humo de la carne asada, el sazón de unos tacos y una buena salsa. Se sientan los abuelos a recordar los mundiales de antaño, los padres a transmitir la pasión y los niños a ver a sus nuevos ídolos. En ese instante, no importa la edad, la profesión ni las preocupaciones de la semana: todos somos el mismo equipo.


Imagen: Trofeo de la copa del mundo y balón oficial trionda (2026) FIFA.
Imagen: Trofeo de la copa del mundo y balón oficial trionda (2026) FIFA.

El Mundial adquiere un valor social tan profundo. Nos obliga a levantar la mirada, a dejar el celular de lado por un momento para compartir el nerviosismo de un tiro de esquina, el grito ahogado de una falla o el abrazo eufórico y colectivo que desata un gol. El fútbol se convierte en el último gran conector social, un espejo que nos devuelve una imagen que a veces olvidamos: la de una sociedad profundamente unida, solidaria y festiva.


Al final, cuando los noventa minutos terminen y la fiebre del torneo pase, el auténtico triunfo no se medirá en el marcador ni en las estadísticas de la cancha. La verdadera victoria se habrá quedado en nuestras cocinas, en las risas compartidas y en el calor de esa mesa que nos volvió a juntar. Porque más allá del juego, la magia del Mundial siempre ocurrirá fuera del estadio: en el corazón de nuestra gente.



 
 
 

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