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La magia eterna de Ronaldinho

  • Noemi Moedano
  • 22 jun
  • 2 min de lectura

Con su eterna sonrisa, su cabello amarrado y un par de botas que parecían hacer magia por cuenta propia, Dinho no solo dominó el mundo, si no que nos recordó a todos por qué nos enamoramos del fútbol.


Imagen: Richard Sellers/Sportsphoto/Allstar via Getty
Imagen: Richard Sellers/Sportsphoto/Allstar via Getty

Del barrio de Porto Alegre al cielo de París


La historia comenzó en las calles de Porto Alegre, Brasil, donde el pequeño Ronaldo gambeteaba a todo lo que se cruzaba en su camino (incluyendo a su perro, según cuenta la leyenda). Tras deslumbrar en el Gremio, Europa tocó a su puerta. El Paris Saint-Germain fue el encargado de recibir a un joven que, con fintas imposibles y una elasticidad de dibujos animados, comenzó a avisarle al planeta que el joga bonito tenía un nuevo rey.


Para el año 2002, el mundo entero se rindió a sus pies. Formando un tridente letal junto a Ronaldo y Rivaldo, Ronaldinho se coronó campeón del mundo con Brasil en Corea-Japón, y dejó para la posteridad aquel inolvidable golazo de tiro libre de larga distancia que techó al portero inglés David Seaman.


En 2003, Ronaldinho llegó a un FC Barcelona que venía de años grises y de sequía. Con el número 10 a la espalda, el brasileño levantó al club catalán de sus cenizas, y lo devolvió a la cima de Europa con la conquista de la UEFA Champions League en 2006 y dos títulos de Liga consecutivos.


La era dorada: el renacer del FC Barcelona


Fue en esta época cuando ganó el Balón de Oro en 2005. Su nivel era tan estratosférico e hipnotizante que logró lo impensable: el 19 de noviembre de 2005, tras anotar dos goles de antología en el Santiago Bernabéu, el estadio del acérrimo rival, el Real Madrid, se puso de pie para ovacionarlo.


Más allá de los títulos


Ronaldinho llevó su magia al AC Milan en Italia, regresó a Brasil para ganar la Copa Libertadores con el Atlético Mineiro —completando así todos los títulos posibles en el planeta— e incluso regaló destellos de su genialidad en México con los Gallos Blancos de Querétaro.

El verdadero legado de Ronaldinho fue su estilo: la elástica, el pase sin mirar, las chilenas perfectas y los regates en una baldosa. Él no jugaba bajo presión; jugaba para divertirse. Fue el mentor que arropó a un joven Lionel Messi y el espejo en el que se miraron las siguientes generaciones de cracks mundiales.

Ronaldinho se retiró de las canchas, pero su magia es atemporal. Nos demostró que en un fútbol cada vez más físico, táctico y de negocios, la creatividad, la fantasía y una sonrisa sincera siempre serán las armas más poderosas para conquistar el corazón de millones.


 
 
 

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