Cuando el retroceso se viste de tendencia
Todo comenzó de una manera que parecía inofensiva: trends en redes sociales con nombres como clean look o estética old money; luego se fue transformando en videos que nos explicaban cómo ser mujeres de “alto valor” y despertar la “energía femenina”; hasta llegar al controversial movimiento de las tradwives.
Cosas que normalmente no pensarías dos veces, o al menos no creerías que son una sutil manifestación de una ideología conservadora que ha mutado en un fenómeno político con implicaciones reales.
Durante la Cumbre de Liderazgo Femenino (Women’s Leadership Summit 2026), celebrada en junio en San Antonio, Texas, la activista conservadora Erika Kirk planteó la posibilidad de eliminar el voto de las mujeres para sustituirlo por un sistema de “voto por hogar”, donde una sola persona represente políticamente a todos los integrantes de la familia y, por supuesto, este sería el hombre o “jefe de familia”.
Aunque ella lo propone como una forma de “fortalecer la familia tradicional”, esto pone en entredicho uno de los derechos democráticos más importantes: ser vistas como individuos con plena autonomía.

El riesgo principal radica en la extrema vulnerabilidad en la que quedan las mujeres. No se trata solo de la renuncia al derecho al voto; es ceder el control de la propia vida a la pareja. El “jefe de familia” quedaría como el único miembro con “poder”, lo que genera una desigualdad alarmante que puede estar acompañada de amenazas y de violencia económica, física o psicológica ejercida en contra de aquellas que no deseen someterse a tal presión.
Cabe recalcar que, por ahora, solo es una idea. Pero ahora le pregunto a usted, querido lector o lectora: ¿no todo empieza por una idea?
Como bien señala Claudia Aguilar Barroso, abogada y cofundadora de la plataforma feminista AÚNA: “Ese discurso debe tomarse en serio porque normaliza la subordinación política dentro del hogar”.
Tal como lo mencionaba al principio, esta ideología no solo se nos expone mediante discursos políticos; también se ha infiltrado en nuestra vida diaria, especialmente a través de plataformas como Instagram o TikTok.
Regresemos a las famosas tradwives.
La tradwife o esposa tradicional hace referencia a un modelo de mujer que adopta un estilo de vida basado en los roles de género tradicionales. Estas mujeres consideran que su propósito es ser esposas y madres dedicadas, encargándose del hogar y del bienestar familiar mientras que la pareja es quien asume el rol de proveedor.

El problema no está en que las mujeres asuman roles de género tradicionales; sino en la romantización de este estilo de vida, omitiendo los desafíos económicos, emocionales y sociales que implica depender de una sola fuente de ingresos, además de la creencia de que cualquier otra visión va en contra de la “naturaleza femenina”.
Me parece que el feminismo moderno ha sido tergiversado y colocado bajo una luz negativa que hace que nuestras preocupaciones sean ridiculizadas o vistas como quejas injustificadas; y, peor aún, que provoca que muchas mujeres quieran alejarse lo más posible del movimiento para no ser estigmatizadas como “indeseables”.
Recordemos que el feminismo, en su concepto más simple, consiste en que cada mujer pueda decidir el rumbo de su vida sin imposiciones sociales, políticas o culturales. La palabra clave siempre ha sido elegir, no imponer.
El feminismo nunca te dirá cuál es la forma correcta de vivir, no establece un único modelo de mujer. Ya sea que elijas el rol tradicional de ser esposa y madre, o que decidas perseguir una carrera profesional, siempre será tu decisión.
Además, el mundo está lleno de matices. Una mujer puede aspirar a formar una familia, disfrutar del cuidado del hogar y, al mismo tiempo, valorar los derechos conquistados por generaciones anteriores. Yo misma reconozco que me gustaría ser madre y esposa algún día, sin olvidar que lo que me permite tener una voz - y que tú, querido lector o lectora, puedas escucharla – se debe a la lucha de miles de mujeres que estuvieron antes de mí.
Se suele creer que la lucha feminista acabó en el momento en que se nos reconoció el derecho a votar, pero nada más alejado de la realidad; los debates actuales demuestran que los derechos nunca son completamente definitivos: requieren participación, vigilancia y reflexión constante.
Como dijo María Félix:
"¡Protesten, quéjense, no se dejen, prepárense! Hagan de su vida lo que ustedes desean y no lo que sus hombres les permitan ser.”





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